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De la consolación de la filosofía

El diálogo de Boecio con la Filosofía, escrito en prisión, sobre la fortuna, la felicidad y la providencia, en la traducción en prosa y verso de Villegas.

Edición: Internet Archive · archive.org

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Del comienzo: Libro I

Metro I

LOS versos que en la dulce primavera

de mis años canté, las fantasías

de nii laúd sonoro,

jay como ya se han vuelto en Elegías,

en gemidos la gracia lisongera,

y en aceca. infeliz el plectro de oro!

Hasta el sagrado coro

de las nueve doncellas

se ha reducido á cláusulas confusas,

y a llantos y querellas

el dulce regocijo de las Musas.

Mas no por eso el miedo del tirano,

por bien que amenazaba a sangre y hierro,

hacer con ellas pudo

que me dexasen ir en tal destierro;

antes con un auxilio soberano

me han servido de báculo y escudo;

y con verme desnudo

de títulos y honores,

si antes cuidaban de mi edad florida,

no con menos favores

hoy honran mi vejez y mi caida.

Caduco estoy: confieso que la helada

senectud ha triunfado de mis dias,

y el dolor impaciente

le ha dado paso por mis venas frias,

y á mis débiles huesos por morada,

con que la edad aun no era suficiente.

Sobre mi blanca frente

lucen Alpes nevados,

y las rugas ostentan sus vacios,

y los cueros holgados

se encogen y estremecen á los frios.

Dichosa muerte aquella que á los años

mas dulces se comide, y no los toca;

y de la misma suerte

la que los mismos autos no revoca

del. que, para remedio de sus daños

la llama á voces en el trance fuerte.

Mas ay! que ya la muerte

al triste, al afligido

siempre se esconde, siempre se retiray siempre al sumergido

en trabajos reserva de su ira:

Pero qiiando la suerte prosperaba

dolosa mis acciones, ella dura

su guadaña blandia;

y agora que con triste desventura

me vé fuera del trono que ocupaba ¡

vuelve á la vayna el filo que solía.

Pues, dulce compañía

de tanto amigo caro,

¿por qué asi me llamabais venturoso?

Pero ya veréis claro

que el que cae no era puesto de reposo.

Prosa I

Estando, pues, yo con mucho silencio entre mí pasando estas cosas, y señalando' como con puntero unas lagrimosas endechas, vi que una muger se apareció sobre mi cabeza, de muy venerable rostro, ojos vivos, y mas perspicaces que suele ser la común vista délos humanos. Su color era sano y de vigor no extinguido, aunque tan llena de tiempo, que en ninguna manera se podia creer fuese de; nuestra edad. La estatura mostraba incierta disposición, porque unas veces se acomodaba á la medida común de los hombres, y otras parecía tocar al cielo con lo eminente de su cabeza: y quando la levantaba algo mas, elmismo cielo penetraba, dexando burlada la vista de lóS: hombres. Sus vestiduras eran perfectamente acabadas, de hilos delgadísimos, y de artificio…

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Contenido (8 secciones)

  1. Acerca de esta edición
  2. Libro I
  3. Libro II
  4. Libro III
  5. Libro III (continuación)
  6. Libro IV
  7. Libro IV (continuación)
  8. Libro V

Cómo citarla

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Boecio. De la consolación de la filosofía. Translated by Esteban Manuel de Villegas. Internet Archive, 524; traducción de 1665, impresa en 1797. https://archive.org/details/laserticasytra02villuoft
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Boecio. De la consolación de la filosofía. Translated by Esteban Manuel de Villegas, Internet Archive, 524; traducción de 1665, impresa en 1797. https://archive.org/details/laserticasytra02villuoft
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Boecio (524; traducción de 1665, impresa en 1797). De la consolación de la filosofía (Esteban Manuel de Villegas, Trans.). Internet Archive. https://archive.org/details/laserticasytra02villuoft

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